Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

mayo 12, 2015

Hablar sin hablar

Comunicarse con otros seres humanos es algo que hacemos continuamente, de formas que la ciencia del comportamiento apenas empieza a comprender, y que van mucho más allá de la palabra.

La mano abierta y levantada, la sonrisa y las cejas levantadas
son gestos de saludo que compartimos todos los humanos, de
todas las culturas, la más básica comunicación no verbal.
(Imagen CC NASA vía Wikimedia Commons) 
La comunicación humana por excelencia es el lenguaje. Hasta donde sabemos, ninguna otra especie animal cuenta con un lenguaje estructurado, capaz de expresar abstracciones y de formular cuestionamientos. Escrito, nuestro lenguaje es capaz de informarnos, educarnos y evocar en nosotros todas nuestras emociones, tanto positivas como negativas, en obras académicas, periodísticas o literarias. Hablado es nuestra forma esencial de interactuar con otros seres humanos.

Hoy, cuando gran cantidad de interacciones se realizan mediante la palabra escrita a través de las redes sociales o la mensajería instantánea de textos, suele decirse que la comunicación es incompleta, hay malentendidos cuando una frase se interpreta con tal o cual entonación, falta una serie de elementos que modifican, incluso invierten, el sentido que se pretende dar a una oración. Nos quejamos de que la ironía en las redes sociales falla con frecuencia e incluso hemos desarrollado emoticonos para darle entonación a nuestras palabras.

Estas quejas nos revelan claramente que, pese a su enorme valor, el lenguaje verbal es apenas una parte de la comunicación que establecemos entre nosotros. Una comunicación que es esencial sobre todo porque somos primero que nada un animal gregario, social, y el funcionamiento de nuestras comunidades depende en gran medida de que nos entendamos unos a otros claramente.

A la comunicación que no depende de las palabras la llamamos “comunicación no verbal”. Fue Charles Darwin, en su libro “La expresión de las emociones en los animales y en el hombre”, quien por primera vez intentó estudiar científicamente aspectos de la comunicación no verbal como las expresiones faciales y la gestualidad. Para Darwin, al menos algunas expresiones eran universales y determinadas genéticamente.

Las tendencias antropológicas de la primera mitad del siglo XX, por su parte, afirmaban que todo el lenguaje no verbal, incluidas las expresiones faciales, dependían de la cultura. Fue necesario que aparecieran científicos como los fundadores de la etología (la ciencia que estudia el comportamiento genéticamente determinado) para confirmar que, efectivamente, hay un repertorio fundamental de expresiones que son comunes a todos los seres humanos, a todas las culturas, y que por tanto es razonable suponer que son parte de nuestra dotación genética. A fines de la década de 1950, el psicólogo Paul Ekman identificó seis emociones básicas que se corresponden a expresiones faciales universales y que comunican, sin decirlo, cuándo estamos enfadados, alegres, tristes, temerosos, sorprendidos o asqueados.

Sabemos que las diversas culturas establecen límites a la expresión de ciertas emociones bajo determinadas condiciones, pero sabemos también que todos los seres humanos entendemos claramente que una sonrisa es una expresión amistosa. En ninguna cultura significa otra cosa.

Las expresiones faciales son parte de una de las cuatro grandes categorías de la comunicación no verbal: el lenguaje corporal. En esta categoría se incluye también la gestualidad que acompaña a nuestro lenguaje, la postura del cuerpo, o el contacto visual. Todos podemos reconocer una “actitud” amenazante o conciliadora, reveladas en la postura que asume una persona, e incluso tenemos expresiones verbales para ellas, como “bajar la cabeza”, “ser muy echado palante” o “mirar a la gente desde arriba”.

Otra categoría, a la que hacíamo alusión en el primer párrafo, son todos los modificadores auditivos de nuestro lenguaje verbal, lo que los psicólogos sociales llaman “paralenguaje”: la entonación, la inflexión, el énfasis, la velocidad del habla, las pausas, el volumen, la risa y otros sonidos cambian, modulan o alteran las palabras a las que acompañan y son precisamente lo que más echamos en falta en la comunicación textual de las redes sociales.

La tercera categoría del lenguaje no verbal es el espacio interpersonal, cuyo estudio se llama “proxémica” y se refiere a cómo nuestra proximidad física con otras personas expresa nuestra relación con ellos. Así, por ejemplo, cuando conversamos con un amigo lo hacemos a una distancia que encontraríamos incómoda si se tratara de un extraño. De hecho, cuando las circunstancias nos obligan a tener una cercanía excesiva con desconocidos, como ocurre en un autobús repleto o en un ascensor, establecemos una “distancia social” al evitar que nuestras miradas se encuentren, con frecuencia fijando la vista en puntos poco conflictivos como los números de piso que se van sucediendo o los anuncios en los medios de transporte, lo que le da material de trabajo abundante a comediantes y publicistas. Este manejo de la cercanía física como expresión de nuestras emociones o actitudes se da no sólo a nivel individual, sino de grupos. Cuando varios amigos se reúnen en un corro lo hacen a distancias mucho menores que cuando se trata de desconocidos.

La cuarta y última categoría de la comunicación no verbal está conformada por nuestros efectos personales: ropa, accesorios, maquillaje, peinado, joyería y otros elementos que también utilizamos continuamente para decir quiénes somos, cómo nos percibimos a nosotros mismos, cómo queremos ser vistos y valorados. Quien utiliza el cabello corto y un traje oscuro está enviando un mensaje muy distinto de quien usa el pelo largo, vaqueros y una cazadora informal, y al menos en una primera instancia nos llevan a hacer juicios sobre ellos basados en la primera impresión.

Por supuesto, los distintos elementos del lenguaje no verbal no funcionan de modo independiente, sino que están bombardeándonos de modo continuo y simultáneo (o, al revés, con ellos bombardeamos nosotros a los demás continuamente). Una entonación displicente, un gesto de asco, una gran distancia física y una ropa atildada dan un mensaje totalmente distinto de una entonación amable, una sonrisa, un intento de cercanía y ropa informal pero cuidada. Todo ello a veces puede ser mucho más poderoso que las palabras que se están diciendo y nos comunica con los demás mucho más ampliamente de lo que parece a primera vista.

Los excesos

Algunas personas suelen presentar el lenguaje no verbal como una ciencia exacta que se puede utilizar para lograr resultados asombrosos en quienes nos rodean, influir en ellos y controlarlos, o al menos de “saber lo que realmente piensan y sienten” descodificando sus gestos y posturas. Aunque cada vez sabemos más acerca de esta forma de comunicación fundamental, aún no estamos ni siquiera cerca de poder lograr esas fantásticas afirmaciones que solemos hallar en el mundo de la “autoayuda” y otras expresiones del new age.

mayo 10, 2015

La guerra y la paz de Alfred Nobel

Uno de los apellidos más conocidos del mundo, el de Alfred Nobel, resume una historia que va mucho más allá del “inventor de la dinamita” con el que se suele despachar al apasionado inventor sueco.

Cada año, los medios de comunicación repiten una y otra vez el apellido Nobel, primero, durante todo el año pero sobre todo en septiembre, haciéndose cábalas sobre quiénes podrían ser los ganadores de los premios que llevan ese nombre, una tensión informativa potenciada por el hecho de que los responsables de conceder los premios son herméticos respecto a los candidatos que están o no teniendo en consideración. Después, a lo largo de una semana o dos, se van sucediendo los anuncios de los nombres de los premiados del año en física, química, medidina o fisiología, paz y literatura. Finalmente, el 10 de diciembre es la ceremonia de entrega de los premios en Estocolmo, Suecia, salvo el de la Paz, que se entrega en Oslo, Noruega.

Lo que con frecuencia se omite en la abundante información que celebra a los científicos, escritores y activistas por la paz, es el por qué de la fecha de entrega de los premios, aunque suele anotarse que la asignación en metálico que acompaña el diploma y la medalla proceden de un fideicomiso creado con la fortuna de Alfred Nobel. La asignación, por cierto, en 2014 fue de unos 840.000 euros.

La ceremonia de entrega de los premios tiene por objeto recordar la fecha de la muerte de su creador, el 10 de diciembre de 1896, en San Remo, Italia, uno de sus muchos hogares.

Su primer hogar, sin embargo, fue Estocolmo, donde nació el 21 de octubre de 1833, cuarto de los ocho hijos de un emprendedor ingeniero e inventor, Immanuel, y su esposa Karolina. Apenas tenía 9 años cuando su padre llevó a la familia a San Petersburgo, Rusia, donde había fundado una empresa dedicada a suministrar equipo a los ejércitos del desastroso zar Nicolás I y que sería además pionera en la instalación de calefacción doméstica en Rusia.

La mudanza le significó además a Alfred abandonar la única escuela a la que asistiría en su vida, pues en lo sucesivo sería educado por tutores con una educación amplia que incluyó las artes, la literatura, varios idiomas, además de técnica y ciencia que animaron su amor por la ingeniería y los explosivos, estimulado por su propio padre. Habiendo encontrado su vocación, Immanuel mandó a Alfred en 1850 lo envió a estudiar ingeniería química visitando Suecia, Alemania, Francia y los Estados Unidos.

La familia no volvería a Suecia sino hasta 1859, abandonando Rusia después de que la empresa había quebrado cuando el nuevo gobierno ruso se negó a respetar acuerdos previos con los Nobel. Para entonces, Alfred ya tenía a su nombre tres patentes menores: de un medidor de gas, de un medidor de líquidos y de un barómetro mejorado. Pero desde sus viajes, su mayor interés era la nitroglicerina, un potente explosivo descubierto por Ascanio Sobrero en 1847. Alfred siguió experimentando en San Petersburgo hasta que decidió reunirse con su familia en Suecia en 1863 y pronto instalaron una fábrica de nitroglicerina y de unos detonadores inventados por él mismo que servían para hacerla estallar.

La principal característica de la nitroglicerina es su inestabilidad, su impredecibilidad para estallar o no. De hecho, un hermano de Nobel, Emil, murió junto con otros trabajadores de su fábrica en 1864 debido a una explosión de nitroglicerina en sus instalaciones de Estocolmo, lo cual además obligó a Nobel a llevar su laboratorio a zonas menos pobladas. El desafío que enfrentaban los químicos de la época era encontrar una forma de dominar la nitroglicerina y conseguir que se mantuviera estable, estallando sólo cuando se deseara.

La solución que encontró Nobel fue mezclar la nitroglicerina con tierra de diatomeas llamada “kieselguhr”. El sílice, un material inerte (del que está hecha mayormente la arena) estabilizaba la nitroglicerina formando una pasta a la que se podía dar forma de tubos para introducirla en orificios en la roca y hacer más efectiva su explosión. Llamó a la combinación “dinamita” y, junto con unos casquillos detonadores mejorados que había producido, cambió el mundo de la ingeniería permitiendo por primera vez explosiones potentes, controladas y eficientes. La minería, la construcción de carreteras, la demolición y otras industrias lo convirtieron en millonario en poco tiempo.

Desde 1865, su pasión por la invención y la industria lo llevarían a fundar más de 90 fábricas e industrias diversas en 20 países, muchas de las cuales hoy siguen existiendo sin que se conozca su relación originaria con Nobel.  Y reuniría 355 patentes, la mayoría relacionadas con explosivos, pero también con sus avances en la creación de caucho y piel sintéticos, seda artificial, forja de piezas metálicas y otros descubrimientos.
Pero su logro, que veía como una gran aportación al progreso y a la mejoría de la vida de toda la gente a su alrededor, llamó de inmediato la atención de la industria bélica. Nobel mismo, un pacifista declarado, vio el asunto con inquietud. No quería eso, pero no podía evitarlo.

En 1888, cuando murió su hermano Ludvig, a su vez inventor del buque cisterna e innovador en la industria petrolera, algunos diarios interpretaron erróneamente que el fallecido había sido Alfred, y lo describieron como un hombre que se había enriquecido diseñando formas de matar a más gente más rápido, y como el “el mercader de la muerte”. Esto impactó profundamente al inventor. Se consideraba un pacifista, un hombre ilustrado que escribía poemas y obras teatrales, que disfrutaba del arte y buscaba logros que mejoraran la vida de su sociedad. No era, pensaba él, un mercader de la muerte, aunque sus inventos fueran usados incorrectamente por otros.
Cuando murió, en 1896, se descubrió con sorpresa que había dispuesto que la mayor parte de su fortuna se destinara a invertirse en valores seguros y sus beneficios se entregaran cada año a las personas que, durante el año anterior, le hubieran dado el mayor beneficio a la humanidad en cinco áreas. Era su forma de afirmar su convicción de paz con la fortuna que había obtenido, en parte, por la guerra

Alfred Nobel, siempre inmerso en su trabajo, por cierto, nunca se casó y nunca tuvo hijos.

El debate del testamento

Los albaceas destinados a hacer realidad los premios dispuestos por Nobel, dos ingenieros de sus empresas, no se decidieron a llevar a cabo sus deseos, especialmente ante la oposición por parte de la familia de Alfred Nobel. Tendrían que pasar cinco años para que se entregaran por primera vez los premios en 1901. Y, desde entonces, nunca han estado desprovistos de debate tanto por las decisiones como por la forma de tomarlas y la fidelidad o falta de ella a las disposiciones testamentarias del inventor.